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Hará unos veinte
años Tadeo conoció a un vampiro y a un superhéroe, y también sobrevivió a un
suicidio en masa. Pese a lo inusual de estas experiencias, frente a la mirada
ajena seguía siendo visto como persona “normal”, tan normal que era casi invisible.
Algo que está ahí y no molesta, pero tampoco suma, un extra. Esa capacidad
espectral fue la que lo llevó a convertirse en eso: un profesional de la
ausencia, el poder de estar pero sin que se note. Para la aparición del vampiro
y el superhéroe hay que partir de un inicio, aunque nunca hay uno solo, en esta
ocasión, como le gusta contar a Tadeo, todo se remonta a cuando conoció a
Martillo. A Martillo lo cruzó en su primer rodaje, una mega producción
argentino-española. ¿La escena? Un tiroteo en una oficina.
Martillo llegó
transpirado, con la camisa fuera del pantalón , se acomodaba el pelo detrás de
las orejas, como si nada hubiese sucedido, intentaba fingir que estaba en el
lobby desde hacía un buen rato. Para esto implementó sus dotes actorales, se paró
junto a Tadeo, frente a la mesa de catering, y comenzó la conversación como si
ya estuviese iniciada, con una queja sobre el café.
-Cada vez más
feo, son unos hijos de puta. Ni siquiera hay con qué endulzar esta porquería.
-Sí, un desastre.
Con el pasar de
las horas, en la espera infinita a la que se somete a los extras, Tadeo
aprendió tuvo un buen resumen de la vida de Martillo, por ejemplo, el origen de
su apodo: en el colegio primario tenía los dientes chuecos, muy chuecos, y la
ortodoncia no le había dado resultados. Había usado brackets desde los siete
años hasta los treinta, y nada, sus dientes seguían decididos a apuntar en
todas las direcciones posibles. Admitió que parecían “los de un tiburón”, y que
de ahí venía su apodo, Martillo. Porque sus ojos estaban caídos, parecían
derretirse por sus mejillas, colgaban hacia los costados de la cara, dándole
una constante apariencia de angustia. Según sus compañeros del primario eran
los ojos de un tiburón martillo. Ese era su apodo original, Tiburón Martillo,
pero al tiempo, unánimemente, lo acortaron a Martillo, que parecía un
diminutivo de Martín, su nombre. El apodo más extraño lo había recibido de un
amigo japonés que había conocido en el foro 2Chan, que lo bautizó Merzbau, por
la extraña obra-hogar del artista Kurt Schwitter, que parecía sacada de una
película del expresionismo alemán, con objetos cotidianos encimados unos sobre
otros, logrando así angulaciones claustrofóbicas. Ese pasó a ser el nombre de
usuario de Martillo en todas las redes sociales, pero no lo usaba nadie más que
su amigo virtual, integrante del grupo noise Uzumaki, nombre tomado del manga
de Junji Ito, con el que habían grabado un split en casette editado por un pequeño sello de Osaka.
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